Cómo no perder la racha en semanas malas
Hay una mentira que se cuenta mucho en el mundo de las oposiciones y que conviene desmontar cuanto antes: la idea de que preparar unas oposiciones consiste en aguantar. Aguantar meses, aguantar temario, aguantar el cansancio. Como si fuera una prueba de resistencia física y ganara el que más apriete los dientes.
No. Preparar unas oposiciones consiste en seguir estando ahí dentro de tres meses. Y eso no se consigue apretando los dientes. Se consigue diseñando un sistema que sobreviva a tus peores semanas, porque las peores semanas van a llegar. No son una posibilidad remota: son parte del calendario, aunque no vengan marcadas en él.
La pregunta no es cómo evito las semanas malas. La pregunta es qué hago cuando llegan.
Primero: las semanas malas no son tu culpa
Empecemos por aquí, porque si no, todo lo demás no sirve.
Se te va a poner malo un hijo. Se va a morir alguien. Te van a cambiar el turno en el trabajo. Vas a tener una gripe que te deje inservible seis días. Vas a discutir con tu pareja. Va a haber una semana en la que, sencillamente, la cabeza no te dé para memorizar el procedimiento administrativo común.
Nada de eso es un fallo de disciplina. Es la vida ocurriendo a la vez que preparas una oposición, que es exactamente lo que iba a pasar desde el principio.
El problema no es la semana mala. El problema es lo que hacemos con ella. Y lo que solemos hacer es esto:
“Bueno, esta semana está perdida. La semana que viene retomo con todo.”
Esa frase es la que rompe opositores. No la gripe.
El mecanismo real del abandono
Casi nadie deja una oposición un lunes por la mañana con una decisión clara. El abandono es un proceso, y tiene una forma reconocible:
- Una semana mala. Estudias poco o nada.
- La semana siguiente arrancas con la sensación de ir con retraso.
- Como vas con retraso, te exiges el doble. Te planteas jornadas de diez horas para “recuperar”.
- No cumples esas jornadas, porque eran irreales.
- Ahora, además del retraso, tienes la prueba de que “no eres capaz”.
- Estudiar empieza a doler. Abrir el temario se convierte en abrir una carpeta llena de reproches.
- Aparecen los días de evitación. Y el mes siguiente ya no eres opositor: eres alguien que iba a opositar.
Fíjate dónde está el punto de ruptura. No está en el paso 1. Está en el paso 3: en la respuesta compensatoria.
La semana mala solo cuesta una semana. La reacción a la semana mala puede costar la convocatoria.
El principio del mínimo innegociable
Aquí va la herramienta más útil que conozco para esto, y es de una simpleza casi ofensiva.
Define, antes de necesitarlo, cuál es tu día mínimo.
No tu día bueno. No tu día normal. Tu día mínimo: lo que vas a hacer aunque estés enfermo, aunque hayas dormido cuatro horas, aunque tengas la cabeza en otra parte.
Y tiene que ser ridículamente pequeño. Tan pequeño que te dé un poco de vergüenza.
- Veinte minutos de repaso de tarjetas.
- Un test de diez preguntas.
- Leer un epígrafe. Uno. El más corto.
- Repasar en voz alta el esquema de un tema que ya te sabes.
La reacción típica al oír esto es: “pero eso no me sirve de nada, con veinte minutos no avanzo”.
Correcto. No avanzas. Y no es para eso.
El mínimo innegociable no existe para que aprendas. Existe para que el jueves de tu peor semana sigas siendo alguien que estudia. Preserva la identidad, no el temario. Y la identidad es lo que te devuelve a la silla el lunes siguiente sin necesidad de una gesta heroica.
Una racha de 40 días en la que 6 fueron de veinte minutos sigue siendo una racha de 40 días. Una racha de 34 días seguida de un cero es un reinicio. Psicológicamente no se parecen en nada, aunque el temario cubierto sea casi el mismo.
Qué se salva y qué se sacrifica
En una semana mala no todas las tareas valen lo mismo. Hay una jerarquía, y merece la pena tenerla decidida de antemano, cuando estás sereno y no cuando estás hundido a las once de la noche.
Lo primero que se salva: el repaso. El repaso es lo que sostiene todo lo que ya has construido. Si dejas de repasar una semana, no pierdes una semana: pierdes parte de los meses anteriores. Es la tarea con peor ratio de esfuerzo y mejor ratio de daño evitado. Veinte minutos de repaso valen más que dos horas de temario nuevo en una semana rota.
Lo segundo que se salva: el contacto diario. Abrir el material. Aunque sea diez minutos. Aunque sea mal.
Lo primero que se sacrifica: el temario nuevo. Materia nueva con la cabeza a medio gas es materia mal codificada, que además tendrás que volver a estudiar. Estudiar mal no es medio estudiar: a veces es peor que no estudiar, porque genera la falsa sensación de haberlo visto.
Lo segundo que se sacrifica: los simulacros largos. Un simulacro con la cabeza fuera de sitio te va a dar un resultado malo que no refleja tu nivel real, y ese resultado se te va a quedar dentro. No hagas exámenes en tus peores días. Los datos que obtengas no valen, y el golpe anímico sí cuenta.
Los planes en cascada
Un plan de estudio que solo contempla el escenario bueno es un plan que se rompe la primera semana que no lo es.
Prueba a construirlo en tres niveles:
Plan A — el día bueno. Cinco horas. Tema nuevo, repaso, test. Lo que tenías previsto.
Plan B — el día regular. Dos horas. Repaso más test corto. Nada de temario nuevo. Se ejecuta cuando has dormido mal, has tenido un día espeso o simplemente no arranca.
Plan C — el día de supervivencia. Veinte minutos. El mínimo innegociable.
Lo importante no son los tres planes. Lo importante es que decidir cuál toca sea una elección legítima y no una derrota. Bajar a plan B no es fracasar. Es usar el sistema como estaba diseñado. Un opositor que baja conscientemente a plan C el martes y vuelve a plan A el jueves está funcionando perfectamente.
El opositor que se rompe es el que solo tiene plan A y el “no plan”. Entre esos dos no hay escalones, solo un precipicio.
Cuando la semana mala se convierte en un mes malo
Aquí hay que ser honesto, porque no todo se arregla con veinte minutos de tarjetas.
Si llevas cuatro semanas de plan C, no estás teniendo una mala racha. Estás recibiendo información. Puede ser agotamiento acumulado, puede ser un plan mal calibrado desde el principio, puede ser que estés atravesando algo personal que ocupa más espacio del que reconoces, o puede ser depresión —que en el mundo opositor está muchísimo más presente de lo que se habla.
El mínimo innegociable es un puente. Sirve para cruzar semanas, no para vivir encima de él meses.
Si eso es lo que te está pasando, la respuesta no es un artículo de blog. La respuesta es parar de verdad, hablar con alguien —un profesional, tu preparador, alguien que te conozca— y replantear. Y por si hace falta decirlo: una oposición es un puesto de trabajo. Importante, sí. Pero no vale tu salud.
Ninguna plaza vale eso.
Y cuando vuelvas
Un último detalle, que es donde se cae mucha gente.
Cuando salgas de la semana mala, no intentes recuperar.
La tentación de “hacer las horas que debía” es casi irresistible y es, casi siempre, un error. Ese domingo de nueve horas no compensa nada: te deja fundido, te garantiza que el lunes rindas mal, y suele ser el primer eslabón de la siguiente semana mala. Has creado un ciclo.
Lo que se hace es esto: vuelves al plan normal. Al de siempre. En el punto donde estás, no donde “deberías” estar.
Ajustas el calendario, si hace falta, con la cabeza fría y una hoja de cálculo. Y sigues.
Porque al final la oposición no la aprueba quien tiene las mejores semanas. La aprueba quien, después de las peores, sigue sentándose.
¿Cuál sería tu mínimo innegociable? Si tuvieras que decidirlo ahora mismo, con la cabeza fría, ¿qué es lo más pequeño que estarías dispuesto a hacer un martes horrible? Escribirlo ya es la mitad del trabajo.